Publicado el La Nacion Revista
del Domingo 25 de Septiembre de 2005
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Alzar el listón

Por Guillermo Jaim Etcheverry

Se generaliza la idea de que los maestros y profesores ejercen en la escuela una violencia simbólica que resulta intolerable. Su insistencia en seguir enseñando algo es interpretada como una pretensión a la que muchos padres y sus hijos consideran justificado resistirse. No se trata de oponerse a los profesores que abusan de su autoridad, que existen y deberían ser sancionados. Lo que se sostiene es que, en sí misma, la pretensión de autoridad por parte del maestro es abusiva e intolerable. De allí la popularidad de posturas que preconizan la libertad de niños y jóvenes para hacer lo que quieran, como quieran y cuando quieran. Hoy es considerada una violencia la tarea esforzada y difícil de contribuir pacientemente a la construcción de una persona, ejerciendo la autoridad que confiere el hacerse cargo de nuestra herencia cultural. Esto ha hecho que la actividad de enseñar esté cayendo en un descrédito tal que hace temer por su futuro.

En "La barbarie de la ignorancia", George Steiner plantea esta cuestión con crudeza: "¿Con qué derecho puede uno obligar a un ser humano a alzar el listón de sus gozos y gustos?" Yo sospecho que ser profesor es arrogarse ese derecho. No se puede ser profesor sin ser por dentro un déspota, sin decir: «Te voy hacer amar un texto bello, una bella música, las altas matemáticas, la historia, la filosofía»".

Lo que Steiner caracteriza como "despotismo" constituye hoy el blanco de la crítica porque en esta época de exacerbado relativismo individualista se cuestiona, precisamente, esa actitud de intentar que otros alcen "el listón de sus gozos y gustos". ¿Con qué derecho algunos intentan esa intromisión en gozos y gustos individuales? Si los jóvenes idolatran a un ignorante que balbucea, ¿quién está autorizado a intentar mostrarles que el ser humano es capaz de expresiones más elevadas?

Lo que tal vez no se advierta en esta crítica al "despotismo" de la educación, es que constituye la única alternativa de contrarrestar al mucho más poderoso despotismo de la maquinaria cultural que hoy influye en nuestros niños y jóvenes, convertidos en redituable mercado de lo más fácil, lo más banal, lo más primario. Nos rebelamos ante la idea de que alguien se arrogue el derecho de levantarles el listón, pero poco cuestionamos a quienes se lo bajan con una violencia que llega a denigrar incluso su condición humana. 

Para proporcionar una enseñanza digna de ese nombre, padres y maestros deberían comenzar por reconocer la dependencia real de la juventud. Pero, en lugar de asumir de la manera más responsable posible la tarea de guiar y orientar a las personas durante su tránsito por la niñez y la juventud, las dejamos inermes. Se nos insta a no comportarnos como adultos frente a quienes aún no lo son, una prohibición formal transformada en política. Al retirarnos, dejamos a los jóvenes a merced de los mercaderes que poco interés tienen en alzar el listón para favorecer su evolución.

Y lo peor es que ese temor de interferir en su desarrollo se justifica invocando lo que pretendidamente quieren los jóvenes, quienes, conscientemente o no, reclaman que asumamos nuestros deberes hacia ellos. Es que en el fondo perciben que, por causa de nuestro desinterés, sufren la amputación de las aspiraciones humanas más profundas.

Lamentablemente, también es correcta la reflexión de Steiner cuando afirma que es muy ambigua la ética de la esperanza depositada en despertar el amor por un texto bello, una bella música, las altas matemáticas, la historia, la filosofía. Pero, al menos, es una posibilidad a la que vale la pena apostarlo todo.

* El autor es educador y ensayista