Editorial del Diario La Nación del Domingo 12 de Diciembre de 5 de Febrero de 2006

"El desencanto de los jóvenes"

Una de las características preocupantes del tiempo que estamos atravesando tiene que ver con el profundo desencanto con que parece encarar el futuro un sector cada vez más amplio de la juventud. No se necesita demasiado esfuerzo para advertir que ese rasgo de las nuevas generaciones, a veces cercano al vacío existencial, es el reflejo fiel de una comunidad global igualmente desencantada.

Víctimas de una sociedad en la cual la cultura del esfuerzo parece no tener importancia y en la cual existe cada vez menos espacio para el desarrollo personal y laboral, muchos jóvenes muestran hoy claros signos de un prematuro agotamiento espiritual y rasgos inquietantes de abulia y desinterés. Sensibles a los mensajes que les envía una estructura social y cultural que privilegia el facilismo, el consumismo y el individualismo desbordado por encima de otros valores, las nuevas generaciones no encuentran demasiados estímulos para encarar proyectos personales de largo alcance y se dejan ganar, con excesiva frecuencia, por el desaliento.

Aunque el fenómeno es advertible en todos los niveles sociales, resulta evidente que el conflicto golpea con mayor fuerza en los sectores medios y medios bajos. Y es indudable que los síntomas de este proceso se ponen de manifiesto con especial claridad en la escuela. En efecto, el ámbito escolar es el escenario en el cual se expresa con mayor contundencia el aumento de casos de niños y jóvenes con dificultades para el aprendizaje, y la falta de aptitud de los alumnos para pensar con proyección de futuro e ir forjando un proyecto de vida personal.

La escuela aparece hoy como el lugar en el que actúan el desánimo y el desinterés vital como principales motores de una actitud que conduce a muchos jóvenes al estancamiento. Hasta no hace muchos años, el colegio secundario prometía, en la Argentina, movilidad social, conexión con el mundo del trabajo y apertura a los estudios superiores. Hoy muchos chicos no reciben del estudio esa energía dinamizadora o potenciadora, acaso porque no hay una articulación operativa entre la experiencia que viven en el aula y el mensaje que la vida cotidiana les depara en sus casas, sobre todo cuando participan del drama de muchos adultos que, tras haber cursado estudios en diferentes niveles, afrontan la realidad del desempleo o no encuentran una salida laboral mínimamente satisfactoria.

Según la opinión de algunos especialistas, la adolescencia ha dejado de ser asumida por el chico como un momento de transición y se vive como un estado permanente. Para muchos jóvenes, entonces, la vida se convierte en un continuo presente. Desde luego, esa concepción vital no es exclusiva de los adolescentes: la comparten muchos otros sectores de la sociedad, que en los últimos años tienden a valorar el tiempo actual mucho más que el tiempo futuro. Así como nadie espera ya el revelado de las fotografías en el papel, pues las cámaras digitales han acelerado el proceso y permiten ver las fotos al instante, hoy pretendemos que todo sea resuelto de inmediato y no tenemos paciencia para esperar, en cada caso, el momento de la recolección y de los frutos. Obviamente, no todas las actividades humanas pueden ser regidas con ese dinamismo, con ese sentido de la instantaneidad.

Preocupa la fugacidad con la que muchos jóvenes de hoy viven la vida, buscando "quemar" etapas y no disfrutando de los momentos que todo proceso vital depara para una formación progresiva y madura. Se olvida que el mundo y la naturaleza siguen reclamando de cada uno de nosotros sabiduría y serenidad para administrar y respetar los tiempos que rigen el desenvolvimiento de la vida en las diferentes áreas: en lo cultural, en lo económico, en lo institucional, en lo social. Y, por supuesto, muy especialmente, en todo aquello relacionado con el mundo de la producción. Saber distinguir entre el período de siembra y el período de cosecha sigue siendo de vital importancia en infinitas categorías de la realidad. Es fundamental que los jóvenes aprendan a mirar el mundo con ese espíritu y esa concepción filosófica.

Por hacerlo a su manera -y por no tener conciencia clara acerca de los factores de riesgo que los acechan-, algunos jóvenes acuden al alcohol y a las drogas para llenar sus vacíos existenciales y para evadirse de una realidad que no quieren ni pueden afrontar. Cuando llega el verano, las noticias que difunde la prensa sobre la forma en que muchos contingentes viven sus vacaciones, muestran con frecuencia el descontrol y hasta la violencia que imperan en determinadas comunidades juveniles, a veces con trágico final, como en el caso de Ariel Malvino, asesinado salvajemente en una playa de Brasil.
Es necesario crear las condiciones que inciten a los jóvenes a disfrutar con saludable vitalidad las propuestas y los desafíos que surgen del "día a día" y a forjarse, al mismo tiempo, con tenacidad y constancia, un proyecto de vida elevado, concreto y posible. Para eso, la familia y el sistema educativo tienen que cumplir debidamente la misión que les está reservada: recuperar los valores que hoy están olvidados o injustificadamente devaluados. Buena parte de los problemas que ha padecido la Argentina obedece a esa crisis de valores. La sociedad necesita, urgentemente, una educación revitalizada y fundada en valores.

Por supuesto, también se necesitan estímulos e ilusiones movilizadoras, que empiecen por dotar de sustento ético al Estado, al Derecho y a las instituciones. Es necesario también establecer las condiciones que permitirán recrear la confianza en la clase dirigente -política, empresaria y sindical, entre otras-, a la que se le deberá exigir transparencia, honestidad y vocación de servicio, con el fin de convertir a la Argentina en un país del cual los jóvenes no aspiren a emigrar y puedan concretar sus proyectos de vida. Y puedan, también, darle un destino a sus ideales.