Publicado el La Nacion

Domingo 30 de octubre de 2005

El tesoro de la lengua

Intenso ensayo sobre el saqueo idiomático y los desafíos de la palabra

EL PAIS QUE NOS HABLA
Por Ivonne Bordelois
(LA NACION-Sudamericana)-224 páginas-($26)

Hace mucho que entre nosotros no se publica una meditación tan fresca, tan diáfana, tan intensa y sencilla sobre los efectos comunitarios que genera el maltrato del lenguaje. El país que nos habla parece escrito tanto para ser oído como para ser leído. Su tono coloquial conquista nuestra atención con la fuerza de una voz que nos interpela personalmente.

Lejos de las estadísticas de intención demostrativa, Ivonne Bordelois explora los indicios y síntomas sociales que su experiencia le brinda y con ello logra una convincente ilustración de los problemas que la desvelan y de la razón de ser de las soluciones que propone. La intensidad de sus ejemplos mucho contribuye a la elocuencia de sus planteos.

¿De qué se ocupa este ensayo? Del "declive generalizado de la calidad del idioma argentino". ¿Qué causa ese declive? "La campaña de devastación verbal que realizan los medios". Con ella se preparan "los zombies de la sociedad de consumo". Escrito con la urgencia y la preocupación que impone el patético espectáculo de una identidad que al perder cultura y educación pierde consistencia, este libro constituye tanto un diagnóstico como una advertencia, sin que por ello deje de brindarnos el retrato de una esperanza.

Dos son sus líneas dominantes. Una caracteriza las energías orientadas hacia la destrucción de la palabra. La otra, su renovada fortaleza, su incesante aptitud para el resurgimiento. El centro de la primera de estas líneas argumentales lo ocupa un pronunciamiento amplio: "En el mundo del capitalismo global la cultura es casi exclusivamente un bien de consumo o una etiqueta que nos colocamos en el pecho para alistar mejor a nuestras personas en el mercado laboral". De ese mundo puramente instrumental forman parte los "saqueadores" de la palabra. Ellos "pretenden erradicarla de la conciencia colectiva porque temen su vitalidad, su creatividad, su capacidad de juego y de denuncia, todo lo que nos aparta del triste mercado de bienes inútiles y suntuarios con que se nos persigue y se nos aplasta cotidianamente".

En este procedimiento orientado hacia la destrucción de la palabra reconoce la escritora un propósito básico: afianzar "una sordomudez fundamental para aceptar la inmensa cantidad de chatarra política, comercial y mental que nos rodea y nos asfixia sin cesar".

La contraparte de este proyecto aniquilador es, para la autora, la poesía, sin duda entendida como género literario pero, más allá y más radicalmente, como actitud de compromiso vital con la palabra. Ivonne Bordelois caracteriza a los poetas como "los embajadores naturales de la lengua", proveedores principales de su potencia excepcional para brindar o arrebatar sentido, sugerir, indagar y celebrar. La apatía social ante lo poético es, para ella, uno de los signos medulares del languidecimiento expresivo que desde hace tiempo se advierte en el país. Para tratar de contrarrestarlo, la autora formula propuestas rebosantes de originalidad y entusiasmo; todas ellas obran en consonancia con la necesidad de revertir esta situación de indigencia espiritual que, entre nosotros, tanto compromete el porvenir de la subjetividad.

La poesía es, para la ensayista, el custodio y la manifestación simultánea de la plenitud del lenguaje y éste, a su vez, "el depósito sagrado de nuestra conciencia, la condición de nuestra sabiduría, la garantía de nuestra identidad y de nuestra libertad, y también una fuente de placer inagotable, si sabemos encontrarla". Redescubrir y generalizar el disfrute del lenguaje es una de las grandes tareas pendientes allí donde importe reconstruir la nación.

Ivonne Bordelois advierte, en la pasividad colectiva frente al deterioro del habla de los argentinos, un síntoma dramático de nuestro extravío espiritual. El hombre silenciado no es, necesariamente, el que ha perdido la posibilidad de hablar, sino la de expresarse como sujeto. En otros términos, el que está privado de la posibilidad de constituir y poner en juego la propia interioridad al valerse de la palabra.

Bien se verá, leyendo este libro apasionado, que las inquietudes de la autora van mucho más allá de los razonables y previsibles intereses que pueden caracterizar a una profesional de la lingüística y de la crítica literaria. Ellas nos hablan, primordialmente, de una sensibilidad comprometida con su país y su tiempo que sabe incitarnos a despertar de un letargo que nos priva de vitalidad y lucidez.

Por Santiago Kovadloff
De LA NACION